En los últimos siglos de la Edad Media, la calidad de los alimentos terminó por actuar, de manera cada vez más explícita y rigurosa, como un sitio exterior de prestigio que la ideología de las clases dominantes tendía a fijar, recurriendo a la estabilidad de los estereotipos alimentarios para reflejar una pretendida estabilidad de los papeles sociales. Tal actitud no era nueva en absoluto. En la Alta Edad Media se pretendía valorar la "calidad" de una persona en función de la "calidad" de su alimentación y se insistía en en la necesidad de que cada uno comiera juxta suam qualitatem ("conforme a su calidad"). Pero entonces el fenómeno adquiría un carácter sobre todo, cuantitativo (se trataba, simplemente, de saber si comía poco o en abundancia). En el curso de los siglos siguientes es cuando esta actitud se reviste, además, de un significado cualitativo que sirvió de fundamento ideológico para diferenciar, de manera real y creciente, los regímenes alimentarios respectivos de los pauperes y de los potentes. Al término de la Edad Media, el aspecto basado en la calidad era, por entonces, particularmente predominante y todos los alimentos (los tipos de pan, las clases de carne, los pescados, las legumbres, las frutas) eran objeto de una "identificación" y de una "prescripción" social. Los tratados de agronomía recomendaban a los campesinos el consumo de productos burdos (el centeno y el sorgo, por ejemplo), presentándoselos como más apropiados para su modo de vida. Los tratados médicos argumentaban con teorías, de forma explícita y "cientificamente" rigurosas, sobre la diversidad de los regímenes alimentarios de los campesinos y los hidalgos, prometiendo males y enfermedades para aquellos que se nutrieran con alimentos no adaptados a su rango: el rico tendría problemas de digestión si tomaba sopas pesadas, mientras que el estómago grosero del pobre no sería capaz de asimilar manjares selectos y refinados. La relación entre la "calidad" del alimento y la "calidad" de la persona se postulaba, pues, como una verdad absoluta y ontológica, e incluso se llegaba a establecer correspondencias entre la jerarquía humana y la jerarquía "natural", entre las posiciones sociales y la "escala" de los recursos alimentarios: por ejemplo, se consideraban más nobles y, por tanto, buenos para los hidalgos, los recursos que se encontraban en los árboles, como las frutas, o en los aires, como las aves; por el contrario, se estimaban como viles, y, por tanto, buenos para el pueblo, los que se encontraban a ras del suelo, incluso bajo la tierra. No por pura casualidad una ideología alimentaria como ésta fue precisada, definida y codificada entre los siglos XIV y XVI, es decir en el curso de un periodo caracterizado a la vez por una gran movilidad social y por una tendencia de las clases dominantes a reforzar la afirmación de sus privilegios y a replegarse sobre ellos. Trasmitida por la Edad Media a la Edad Moderna, esta ideología habría de ser, durante algunos siglos más, un ineludible punto de referencia de la cultura europea. A cada uno lo que le corresponda y que cada uno se quede en su lugar.
Massimo Montanari Diccionario razonado del occidente medieval
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